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Puentes y Puertas que abren nuevos espacios e instancias para el Encuentro.

 
La Hora de Quito
Entrevista publicada en la portada de Cultura el día domingo 18 de enero 2015
 
 

  Un poeta aventurero

 

Theodoro Elssaca comparte su travesía literaria y fotográfica.



Theodoro Elssaca se levanta, agita sus manos, golpea la mesa… todo es válido mientras declama sus poemas, todo es válido para que su público ni por un instante pierda la atención. Su cuerpo es una máquina de onomatopeyas que se acoplan a su voz, a sus versos.

Ese hombre lleno de vida, que recorrió hace poco la Sierra ecuatoriana y lee en su obra con pasión, escapó de la muerte en los 80’, mientras navegaba por el río Mantaro, perteneciente al caudaloso Amazonas. Fue el único sobreviviente cuando su balsa perdió rumbo, los otros tres tripulantes murieron.

Mirando siempre al frente y lleno de vitalidad –como él mismo asegura-, conversó con Revista Artes. Esto, luego de un recital poético que brindó en la Sala Hugo Alemán, del Centro Cultural Metropolitano de Quito (CCMQ).
   

Cuando tenía 17 años de edad realizó su ‘Autorretrato premonitorio’. Tres décadas después, ¿se cumplió la premonición? Más allá de lo físico, ¿hoy habita el Theodoro que se proyectaba?

Pienso que ha sido superado millones de veces. Nunca pensé trasladarme por Frankfurt, Stuttgart o Berlín. En ese entonces nunca pensé en tomar los trenes por Europa y dirigirme hasta Venecia, donde descubrí más de mil años de historia, donde me encontré con las máscaras de su Carnaval, en el cual, de alguna manera, se entronca la obra de Shakespeare y la música de Vivaldi. Tampoco pensé tomar barcos y llegar a Sicilia, Córcega o Lecce… llegar a Atenas. Desde ese punto de vista, mi propio país me fue quedando pequeño. El asombro y el descubrimiento diario rompieron cualquier esquema o límite que tenía a los 17 años.

   

Pero, ¿sí conserva algo de esa edad?

Uf, el gran ímpetu y el impulso se mantienen. Las fuerzas no se van. Mi forma de ser me hace siempre sentir con mucha vitalidad; pero, con el paso del tiempo y con los descubrimientos, te das cuenta que el desconocimiento es enorme, que te falta mucho por recorrer.

Por ejemplo, ¿qué le falta por recorrer?

La pregunta es difícil porque no hay límites. Imagina que recién ahora se discute sobre el ADN. Imagina todo lo que falta en el campo de la medicina, lo que hay por encontrar en los viajes espaciales o en el fondo de los océanos. Todo resulta infinito…

Es cierto, el conocimiento resulta infinito. Pero, ¿cree que con las palabras y con las experiencias y aventuras se puede por lo menos aproximar a lo infinito, a lo inalcanzable?

Siento que el poeta, sumado al fotógrafo antropologista, me ha permitido vivir por lo menos 15 veces. Uno mira las capas de la realidad, uno busca atravesar el espejo, entrar al túnel y renacer. Pienso que cuando se empieza a raspar la cubierta de las cosas, cuando logras asombrarte por ver pasar un bus o miras a una persona tomar un helado, o escuchas a un político que no tiene la capacidad de unir a América y te das cuenta que repite un discurso gastado, comienzas a raspar más profundo y, esa profundidad, te permite ver, muy a lo lejos todavía, lo infinito. Claro que la capacidad de asombro te ayuda a que tu vida no sea muy chata, muy corta, muy torpe.


A disfrutar la vida, así traiga dolor…

Nada es gratuito. Nunca se está exento del dolor. Hasta en la belleza hay dolor. Lo encuentras en ‘Las flores del mal’, de Charles Baudelaire, o en una serie de Vincent Van Gough, donde las embarcaciones sobre la arena te dan la sensación de que tuvieran ojos y miran a las embarcaciones que pueden navegar sobre el mar.

Con todo lo que habla, escribe y pinta, parecería que está acuñado en la metáfora. ¿El universo de Elssaca es el de las imágenes, se evoquen desde donde se evoquen?

Me gusta la definición, pero no solo me quedo en qué es mi universo, sino en para qué es.

¿Y para qué es?

Por una parte para no morir. Si yo dejo lo que hago, me muero. Necesito constantemente escribir, viajar, hacer una locura, estar inventando una expedición o iniciar un nuevo cuadro o poema. Necesito siempre producir imágenes. Entonces, por una parte está el evocar imágenes, pero por otra parte espero que éstas no queden en un mundo subterráneo. Trato de que la vocación sea un alimento, de entregar un contenido, un mensaje, donde a veces no hay respuestas, sino preguntas. Espero que el observador o lector de mi trabajo dé un salto que atraviese a todos los lados, que viva una vida paralela, mágica, como yo lo hago.

¿Puede describir parte de esa vida?

Aquella donde todo se halla entre lo real y los sueños. Te cuento que yo, mientras duermo, tengo una libreta junto a mí, en mi velador, junto a mi lamparita de noche. Me despierto de madrugada y apunto dos o tres versos acerca de lo que sueño.

 

Y por ahora, ¿qué aparece?


Te juro que a las dos o tres de la mañana me levanto y apunto sobre los quitus caras, sobre Ingapirca, acerca del Cotopaxi. Luego, apago la lámpara y en la mañana, cuando me levanto, agrego una o dos cosas más a lo que escribí de madrugada. Llega un momento donde se condensa lo onírico y la realidad. Entonces, en ese sentido, uno vive varias veces paralelamente.

Chile es un jardín de poetas. ¿Cuánto influyó eso para su inclinación?

Desde mi más temprano inicio, la poesía estuvo presente en mí. La encontré dentro de los elementos más esenciales: agua tierra, fuego y aire. Con conciencia, apareció cuando me sumergí en la pintura, donde las paletas de colores me permitían ver el mundo. La propia paleta me llevó a las palabras: se puede decir que soy un poeta que parte desde la visualidad. Después, en la época universitaria, me encuentro con Nicanor Parra, quien a través del Departamento de Humanidades en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile, impartía cursos. Él me aproximó a las obras de Carlos Pezoa Véliz, Augusto D’Halmar, Pedro Prado, a los autores del Grupo Mandrágora. Entonces, empiezo a ver bajo el cono de sombra de Mistral y Neruda a grandes autores donde empezaré a sumar nombres como Humberto Díaz-Casanueva, Rosamel del Valle, Jorge Letelier, Enrique Lihn, Enrique Volpe, entre otros. A esas lecturas chilenas súmale autores internacionales, múltiples, donde por dar pocos nombres están Salgari, Verne, Kipling. Chile es un país tan largo, que posee los desiertos más áridos del mundo, así como tiene terrenos antárticos. Puedes disfrutar de la Cordillera de los Andes y puedes mirar el mar desde Valparaíso. En fin, todo esto te templa el carácter. Eso me llevó a seguir una huella única, como la huella digital forjada a martillazos, donde está el abrazo del encuentro, pero también el abrazo de la despedida y de la muerte… donde está la poesía.

 

 
LECTURA. En la Sala Hugo Alemán, compartió con jóvenes sus poemas.
 

Como bien señala, tras la sombra de Neruda hay grandes poetas chilenos. Pero, centrándose en Neruda, ¿cuánta incidencia tiene en su trabajo?

Junto a mi familia, cuando compartíamos nuestros tiempos veraniegos, nos dirigíamos a un sitio llamado Algarrobos. Por entonces, para llegar allí, teníamos que pasar por Isla Negra. En nuestro camino, siempre visitábamos al tío Pablo, me refiero a Neruda. Naturalmente, nunca sostuve un diálogo con él por mi edad, pero, sin duda alguna, verlo conversar con mis padres me debe de haber tocado.

Hablando de gente que conoce, Ud. mantuvo amistad con Gonzalo Rojas. Él tiene un verso que dice “perdí mi juventud en los burdeles”. ¿ Cómo perdía su juventud Theodoro?

En la juventud no perdí ni un minuto. Lo más ocioso que hice es jugar ajedrez (risas).

Justamente, por eso, quizás, ha incursionado en varias actividades: literatura, fotografía y pintura. ¿En cuál se siente más seguro?


Extrañamente, en los últimos años, huyo de las certezas. Ahora tengo una mordacidad por querer leer cada cosa. Amo los tres medios de expresar y ver el mundo, pero pienso que últimamente estoy más ligado a la palabra, a la escritura.

¿Cómo se escribe durante y después del gobierno Pinochet?

La diferencia es tremenda. Con Pinochet la tortura y la desaparición primó: se escribía de una manera oculta. Sin Pinochet, la liberación llegó. Por suerte, nunca he pertenecido a un partido político o religión alguna. Siento que ambas tendencias son tremendamente castradoras, limitantes.

¿Cómo mira a Latinoamérica en cuanto a lo político en la actualidad?

Tenemos una lengua común y desde allí tenemos una gran ventaja para unirnos. Lastimosamente, los políticos no han logrado unirnos. Sean de derecha, centro o izquierda, los gobiernos nos ofrecen pura superficialidad.
 

 

Para concluir, ¿qué se lleva de Ecuador? ¿Cuál es su sensación después de trajinar por acá?


Cada vez que voy a un país, me preparo. En este nuevo viaje a Ecuador, antes de venir leí al genial Gangotena, un incomprendido, que no la pasó muy bien en tu país y habla de una tristeza insondable: un autor que debe rescatarse. Revisé la obra de Carrera Andrade, donde encontré un abanico exquisito de matices, y a César Dávila Andrade, a quien lo siento cercano al peruano César Vallejo. Entonces, siempre me preparo. Ahora sí, para responder la pregunta, descubrí a Camilo Egas, un pintor que brinda un trabajo indigenista sorprendente; me sigo cautivando con la obra de Kingman y me encuentro con más cosas maravillosas de Guayasamín. De hecho, uno de mis sueños era irme de Ecuador con algo de Guayasamín para la Fundación IberoAmericana, y me llevo unas litografías originales firmadas por el maestro (Guayasamín). Es más, a mi amigo Pablo Guayasamín le pedí que una de las obras sea la portada de mi próximo libro. Claro que no solo la tapa lleva algo de Ecuador. Ya voy escribiendo versos sobre los quitus caras y los cañaris, ya estoy escribiendo sobre lo curvo, lo elíptico, lo lunar, y cúbico que encontré en la construcción de Ingapirca… Todo eso estará en mi próximo libro. Ahí quiero plasmar ese hermanamiento mágico y creativo que nos une. (DVD)